La escalada está en la naturaleza de la guerra. Cuando las armas arrinconan a la política, solo rige la espiral de la violencia. Lo vemos estos días entre Ucrania y Rusia. Es parte de la lógica bélica que Kiev responda a los ataques a sus ciudadanos en su territorio con ataques a territorio ruso en los que también mueren civiles rusos inocentes. Y que Rusia devuelva el golpe, incrementando a su vez los bombardeos.

Así funciona también entre Hamás e Israel. Quizás incluso con más virulencia. Si la guerra penetra en Rusia y aviva la amenaza nuclear, la de Gaza se desborda a toda velocidad hacia la frontera libanesa con los misiles y drones de Hezbolá; en Cisjordania por las provocaciones de los colonos extremistas: en Líbano con el asesinato selectivo del número dos de Hamás, Saleh al Aruri; en las costas de Yemen por la acción de los rebeldes hutíes contra el tráfico marítimo. Y este miércoles en Irán, con el doble atentado con bombas que ha costado la vida a más de un centenar de personas en el cementerio iraní de Kermán, donde precisamente conmemoraban el aniversario del asesinato selectivo de Qasem Soleimani, el comandante supremo de los guardianes de la revolución.

Washington se centra en un objetivo estratégico para ambas guerras: evitar que se desborden, amenacen la paz mundial e incluso atrapen a sus tropas en el avispero, una vez más, como tantas otras en el último siglo. Todas las grandes guerras empezaron como contiendas locales que luego escalaron y se extendieron.

Para conseguirlo, Estados Unidos hace una cosa y la contraria. Gradúa con cuidado la ayuda militar a Ucrania y ayuda a Israel sin límites. Busca así un equilibrio imposible y difícil de explicar que permita avanzar moderadamente a sus aliados sin desencadenar una guerra internacional abierta.

Las discrepancias sobre el futuro son enormes respecto a Israel y Palestina, que es donde las responsabilidades corresponden a Washington. Joe Biden abraza calurosamente a Netanyahu, pero está harto de su Gobierno extremista y de sus malas ideas anexionistas sobre Gaza y Cisjordania. Con tanta ayuda militar y tan descarado apoyo diplomático, quiere conducir a Israel a la única salida que preserve la democracia y el carácter judío del Estado, como es el reconocimiento del Estado palestino, precisamente lo que su aliado y protegido israelí ha querido destrozar definitivamente. En la victoria de Israel, Biden busca la derrota de Netanyahu.

De momento, la respuesta que está obteniendo es inquietante: la guerra no afloja en Gaza y tiene todos los visos de que está desbordándose incontrolada por todos los lados.

A Washington le convendría que fueran los actores regionales quienes organizaran la salida de la guerra y de la paz. El futuro de Ucrania es bien claro: en el marco atlántico y europeo. Serán crecientes las responsabilidades de Bruselas en la guerra de Ucrania, a fin de cuentas candidata al ingreso en la UE. Y menores, en cambio, en la de Gaza. No tan solo por las posiciones divergentes de los europeos, que en Naciones Unidas han votado divididos entre el sí, el no y la abstención respecto al alto el fuego, sino por las dudas sobre la Alianza Atlántica con una Casa Blanca habitada por Trump.

De ahí la dificultad de su participación en el dispositivo naval frente a las costas de Yemen sin contar con la cobertura de la OTAN o de la UE, en una operación de mero apoyo bilateral a la acción de Estados Unidos.

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